EL MUNDO DE LA LATA   

Web dirigida al sector metalgráfico

  Principal    Quienes somos   Contactar


CORROSIÓN DE LA HOJALATA


 

 

Interesa principalmente, examinar el comportamiento de la hojalata como materia prima para la fabricación de envases, y concretamente desde el punto de vista de la corrosión.

Los agentes atmosféricos atacan la hojalata de acuerdo con la humedad ambiente, temperatura media, trato que haya sufrido la superficie, cambios de temperatura, espesor y calidad del recubrimiento de estaño, etc. Indudablemente, hay otros elementos que pueden entrar en contacto con el exterior de un envase, y provocar un deterioro de la hojalata, pero en este caso pretendemos describir someramente lo que ocurre, o puede ocurrir con el interior del envase. Y dentro de él, solamente las alteraciones de tipo químico o electroquímico, dejando a un lado las de tipo microbiológico, por su tremenda extensión y complejidad. Esas alteraciones se designan como corrosión aunque realmente pueden ser un fenómeno más complejo.

Los efectos de esta corrosión, pueden hacer que el contenido del envase sea incomestible, que pierda sus características esenciales, que el envase altere el aspecto exterior normal o que se perfore. En cualquier caso, esto lleva consigo que el conjunto continente-contenido es inutilizable; el tiempo transcurrido entre el llenado del envase hasta que este fenómeno se presenta, supone la “vida útil” del mismo.

Los productos que se envasan son de una gran variedad, los hay muy ácidos, muy agresivos hacia los metales, etc. Sin embargo, la hojalata permanece libre de corrosión durante largos períodos. Una razón de la lenta disolución del estaño, es su relativamente alto potencial eléctrico con relación al hidrógeno, lo que retarda la reacción en la que se desprende hidrogeno en la superficie de ese metal,  pasando este ultimo al medio liquido Hay que tener en cuenta que en medios oxidantes, los átomos de hidrogeno pueden reaccionar con el oxigeno para formar agua, y la corrosión se acelera; he aquí uno de los motivos fundamentales para precalentar las conservas y así eliminar el aire gaseoso o disuelto y también la necesidad de conseguir un buen vacío.

A pesar de todo, las propiedades químicas del estaño, son insuficientes para explicar satisfactoriamente su buen comportamiento. El estaño está repartido en una capa muy delgada y  no actúa como capa aislante: existen poros que dejan el acero al descubierto. Esta peculiaridad hace que actúen como diminutas pilas eléctricas; dos electrodos sumergidos en un liquido conductor y conectados eléctricamente entre sí. Dependiendo del contenido, el estaño puede ser anódico o catódico con relación al acero.

En el primer caso, que es el más común, el estaño se va disolviendo lentamente, es decir protege al acero, “sacrificándose”. Mientras haya estaño presente en forma metálica y haciendo contacto eléctrico directo con el hierro, no habrá perforación del envase. Si el estaño actúa como cátodo, la corrosión anódica se concentra en los poros de hierro descubierto y puede haber rápidas perforaciones.

Normalmente, debe existir un desprendimiento de hidrógeno gaseoso en el cátodo, gas que va reemplazando el vacío del espacio de cabeza, lo que puede llegar a crear una presión positiva en el mismo. Esta formación de presión interior puede ser debida también a algún proceso microbiológico, sin olvidar que algunos tipos de alteración bacteriológica no generan gases. Cuando se ha producido un aumento de la presión interior suficiente, el fondo o la tapa o ambos, deben sufrir una deformación en su centro, que indique al consumidor que algo anormal ha ocurrido en el interior de la lata, cuyo contenido puede estar en malas condiciones para su consumo. Si ha habido alteración sin producción de gas, no habrá señal exterior que lo indique.

Cuando se trata de conservas esterilizadas, durante el proceso se genera una cierta presión interior en el envase, que tiende a abombar este. Esta presión, se origina por el aumento de volumen del producto al dilatarse por la acción del calor. Si existe una cámara de aire (espacio de cabeza), esta va disminuyendo, aumentando la presión – por encima de la atmosférica -, y volviendo a su valor original negativo (vacío) al enfriarse. Ese cambio momentáneo de presión produce una deformación transitoria en las tapas, que posteriormente desaparece. Si originariamente no hay vacío o no  existe el espacio de cabeza, la presión interior es tan grande que la deformación en las tapas es permanente e irreversible, produciendo una conserva con todo el aspecto de sufrir una alteración grave. De todo ello se deduce la necesidad de que los perfiles de tapas y fondos sean deformables y elásticos dentro de unos límites, de manera que permitan adsorber las variaciones razonables de presión durante el proceso pero no las resultantes, - más acentuadas -  de una fermentación o corrosión interna.

La corrosión interna de un envase, - es decir  la disolución del estaño en el contenido del bote – no es dañina para el consumidor, únicamente genera variaciones en sabor, olor y presentación en el producto. Por tanto, un envase abombado por generación de hidrógeno por corrosión, lo único que indica es que se trata de una conserva vieja, que ya ha sobrepasado su límite de vida útil.

Hay otro tipo común de ataque del contenido de un envase al recipiente. No se trata de una corrosión. Son las reacciones con la hojalata de los compuestos azufrados existentes en el producto o liberados durante la esterilización. La reacción puede ser con el estaño o el hierro y produce unas manchas marrones, grises o negras de diferente aspecto según la intensidad de la reacción, el tipo de hojalata, etc. En los peores casos, el producto de la reacción puede mezclarse con el líquido de gobierno o adherirse al contenido, y aunque no son nocivos para la salud, dan una presentación muy mala. La solución a este problema es el uso de barnices sanitarios, hoy días muy generalizados.

De lo anterior puede inferirse que por acción de la corrosión, la vida de almacenamiento de una conserva, depende de muchos factores, pero en igualdad de condiciones, varia con el espesor del recubrimiento de estaño en el interior del envase.

Como ya se ha indicado, el empleo de barnices es la técnica más usual, al menos en tapa y fondo. Cuando el producto no es agresivo, los barnices se usan para mejorar la presentación. La utilización de los mismos permite reducir el recubrimiento de estaño, lo que compensa en buena medida el coste del barniz, dependiendo de la disminución de estaño y del importe del barnizado, que es función de cantidades y calidades.

Tratándose de productos corrosivos, lo normal es barnizar interiormente todo el envase. Esto exige una buena calidad de aplicación del barniz y aun así siempre presupone un cierto riesgo ya que la superficie de estaño expuesto es muy pequeña – poros en el barniz - . En estos poros si el estaño actúa catódicamente, protege al hierro durante un cierto tiempo, pero no muy largo puesto que hay poco estaño “disponible” pasándose pronto al proceso de perforación de la pared del envase. Si el estaño  actúa anódicamente, el proceso de perforación empieza inmediatamente. Si el riesgo es alto, hay que recurrir a doble capa de barniz total e incluso a rebarnizado total interior después de la conformación del envase.

Volver